• Celebración en San Pedro
  • Discurso del Santo Padre
  • Celebración en Madrid

Celebración del Jubileo en el Vaticano 

La curia jesuita de Roma celebró en la Basílica de San Pedro una eucaristía presidida por el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado del Vaticano. Cientos de miembros y personas cercanas a la Compañía acudieron a la misma. Al finalizar, y como hace en ocasiones similares, el Papa Benedicto XVI se dirigió a los participantes.

24/04/2006 - También el Padre General, Peter-Hans Kolvenbach, pronunció un discurso.
Benedicto XVI exhortó a los jesuitas a mantenerse en la fidelidad de su propio carisma apostólico, en especial en el ámbito cultural. Al iniciar su intervención, el Santo Padre agradeció al Señor “por haber concedido a la Compañía el don de hombres de extraordinaria santidad y de excepcional celo apostólico como los son San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y el beato Pedro Fabro”.

Sobre San Ignacio afirmó que “fue sobre todo un hombre de Dios que puso en el primer lugar de su vida a Dios, su mayor gloria y su mayor servicio: fue un hombre de profunda oración”, por lo que ha dejado a sus seguidores “una herencia espiritual preciosa que no debe ser perdida u olvidada. Justamente porque fue hombre de Dios, San Ignacio fue un fiel servidor de la Iglesia”. También se refirió el Papa al voto específico de obediencia al pontífice de los jesuitas: “Del deseo de servir a la Iglesia en el modo más eficaz y útil nació el voto de especial obediencia al Papa, calificado por él mismo como ‘nuestro principio y principal fundamento’. Que este carácter eclesial, tan específico de la Compañía de Jesús, continúe estando presente en vuestras personas y en vuestra actividad apostólica para que podáis salir fielmente al encuentro de las urgentes y actuales necesidades de la Iglesia”.

De San Francisco Javier recordó: “Su apostolado en Oriente duró apenas diez años, más su fecundidad se ha revelado admirable en los cuatro siglos y medio de vida de la Compañía de Jesús, porque su ejemplo ha suscitado entre los jóvenes jesuitas muchísimas vocaciones misioneras”. Del beato Pedro Fabro destacó que fue “un hombre modesto, sensible, de profunda vida interior y dotado con el don de hacer amistad con personas de todo tipo (…) Pasó su breve existencia en diversos países europeos, especialmente en Alemania, donde por orden de Pablo III participó en las dietas de Works, Ratisbona y Spira, en los diálogos con los jefes de la reforma”.

También destacó Benedicto XVI, de los miembros de la Compañía “el compromiso cultural en los campos de la teología y de la filosofía (…) así como el diálogo con la cultura moderna que, si por una lado presume de maravillosos progresos en el campo científico, permanece fuertemente marcada por el cienticismo positivista y materialista. Ciertamente una cultura inspirada en los valores del Evangelio, exigen una intensa preparación espiritual y cultural”. Instó también a los jesuitas a continuar con su labor en la educación cristiana y la formación cultural de los jóvenes.

Por último, el Papa pidió que “María continúe cuidando de la Compañía de Jesús para que cada uno de sus miembros lleve en su persona la imagen de Cristo Crucificado para tener parte en su resurrección”.



15000 fieles, entre ellos la Infanta Elena, veneraron la reliquia de San Francisco Javier

El Nuncio, Manuel Monteiro de Castro, animó, en la fiesta Jubilar, a seguir la huella de los primeros jesuitas siendo “peregrinos en la fe”
24/04/2006 - En la iglesia jesuita de San Francisco de Borja, abarrotada por unos 1500 fieles, los jesuitas de Madrid celebraron el pasado 22 de abril, a las 20 horas, el día de Acción de Gracias por los tres Jubileos que festeja la Compañía de Jesús este año: los 500 años del nacimiento de San Francisco Javier y del Beato Pedro Fabro y los 450 años del fallecimiento de San Ignacio de Loyola.

La ceremonia estuvo presidida por el Nuncio en España, don Manuel Monteiro de Castro. Concelebraron, junto a más de 60 jesuitas, el provincial de España, Elías Royón, el provincial de Catilla, Joaquín Barrero, y el secretario de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino. Estaba presente la reliquia de san Francisco Javier, su brazo incorrupto, llegado desde el castillo navarro de Javier en su camino de vuelta a Roma.

El Nuncio, durante la homilía, destacó el significado especial de este día para los jesuitas, “ya que ante la imagen de la Santísima Virgen en Roma, hicieron sus votos solemnes el 22 de abril de 1541, después de aprobada la primera fórmula de la Compañía en 1540”, los primeros jesuitas. Se refirió, asimismo, al mensaje que esa misma mañana el cardenal Sodano transmitió a los jesuitas en la ceremonia jubilar celebrada en San Pedro y también indicó el carácter mundial de la fiesta: “En todo el mundo hoy es el Día de Acción de Gracias al Señor por el don de estos hombres a la Iglesia y al mundo”.

El Nuncio comentó que con gusto y como antiguo alumno de los jesuitas, aceptó presidir esta ceremonia. En ella rememoró las figuras de los tres jesuitas y a la luz de los textos litúrgicos, señaló varias ideas. En primer lugar, instó a los presentes a dar gracias al Señor por este año jubilar. En segundo lugar, afirmó que es el Señor resucitado el que transforma nuestra vida. En tercer lugar, sugirió que debemos saber mirar los testimonios de vida, en este caso, “el de la historia centenaria de la Compañía de Jesús, que a lo largo de los siglos ha dado a la iglesia figuras relevantes”. Recordó asimismo los primeros encuentros de Ignacio, Javier y Pedro Fabro en París, donde se dio una “búsqueda profunda de lo que Dios quiere para cada uno y empezó a fraguarse una mística de cuerpo que les llevó a vivir en grupo, como compañeros, un único proyecto: que el Evangelio sea recibido”. Su lema fue “ir más allá, donde otros no pueden ir; y la disponibilidad total para lo que el Papa les pueda mandar”. Ellos, continuó “nos enseñan hoy a ser como los primeros apóstoles, peregrinos en la fe, acompañando a nuestros hermanos, a la apostólica, al estilo de Cristo, dando testimonio en la vida, sin miedo”.

Por último, puso a la compañía de Jesús bajo la mirada de la Virgen, en su advocación de Santa María, Madre y Reina de la Compañía.

Al finalizar la eucaristía la mayoría de los fieles presentes se acercó a venerar la reliquia que presidía el lado derecho del altar. Entre ellos se contó con una visita especial, la de la infanta Elena que se acercó pasadas las 21 horas a la parroquia San Francisco de Borja en esta ocasión tan importante.

Durante los tres días que ha permanecido la reliquia expuesta al público en Madrid (del 20 al 23 de abril) 15.000 fieles han pasado a venerarla. A cada uno de ellos se les entregó el libro “Los tres primeros jesuitas” de Ignacio Echaniz, sj (Ediciones Mensajero).

En el resto de España numerosas ciudades y localidades donde existen comunidades jesuitas tuvieron sus propias celebraciones, muchas de ellas presididas por los obispos titulares de las distinas diócesis.

  • Discurso del Santo Padre

Queridos padres y hermanos de la Compañía de Jesús:

Me encuentro con gran alegría con vosotros en esta histórica Basílica de San Pedro, después de la santa misa celebrada por el cardenal Angelo Sodano, mi secretario de Estado, con motivo de varias celebraciones jubilares de la Familia Ignaciana. A todos os dirijo mi cordial saludo. Saludo en primer lugar al prepósito general, el padre Peter-Hans Kolvenbach, y le doy las gracias por las corteses palabras con las que ha manifestado vuestros sentimientos comunes. Saludo a los señores cardenales, a los obispos y a los sacerdotes, y a todos los que han querido participar en el encuentro de hoy. Junto a los padres y a los hermanos, saludo también a los amigos de la Compañía de Jesús aquí presentes, entre ellos, a los numerosos religiosos y religiosas, a los miembros de las comunidades de vida consagrada y del Apostolado de la Oración, a los alumnos y antiguos alumnos con sus familias de Roma, de Italia y de Stonyhurst en Inglaterra, a los profesores, a los estudiantes de las instituciones académicas, a los numerosos colaboradores y colaboradas.

Vuestra visita me ofrece la oportunidad de dar las gracias junto a vosotros al Señor por haber concedido a vuestra Compañía el don de hombres de extraordinaria santidad y de excepcional celo apostólico, como san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier y el beato Pedro Fabro. Son vuestros padres y fundadores: por eso, es justo que en este centenario les recordéis con gratitud, fijando vuestra mirada en ellos como guías iluminados y seguros en vuestro camino espiritual y en vuestra actividad apostólica.

San Ignacio de Loyola fue ante todo un hombre de Dios, que puso en el primer lugar de su vida a Dios, su mayor gloria y su mayor servicio; fue un hombre de profunda oración, que tenía su centro y cumbre en la celebración eucarística diaria. De este modo dejó a sus seguidores una herencia espiritual preciosa que no tiene que perderse ni olvidarse. Precisamente porque era un hombre de Dios, san Ignacio fue fiel servidor de la Iglesia, en la que vio y veneró a la esposa del Señor y a la madre de los cristianos. Y del deseo de servir a la Iglesia de la manera más útil y eficaz nació el voto de especial obediencia al Papa, calificado por él mismo como «nuestro principio y principal fundamento» (Constituciones de la Compañía de Jesús, p. I, 162). Que este carácter eclesial tan específico de la Compañía de Jesús siga estando presente en vuestras personas y en vuestra actividad apostólica, queridos jesuitas, para que podáis salir al paso fielmente de las urgentes necesidades actuales de la Iglesia. Entre éstas me parece importante señalar el compromiso cultural en los campos de la teología y de la filosofía, tradicionales ámbitos de presencia apostólica de la Compañía de Jesús, así como del diálogo con la cultura moderna, que si bien por una parte detenta maravillosos progresos en el campo científico, está fuertemente marcada por el cientificismo positivista y materialista. Ciertamente el esfuerzo por promover en colaboración cordial con las demás realidades eclesiales una cultura inspirada en los valores del Evangelio exige una intensa preparación espiritual y cultural. Precisamente por este motivo san Ignacio quiso que los jóvenes jesuitas se formaran durante largos años en la vida espiritual y en los estudios. Es bueno que esta tradición se mantenga y refuerce, dada también la creciente complejidad y amplitud de la cultura moderna. Otra gran preocupación para él fue la educación cristiana y la formación cultural de los jóvenes: por eso impulsó los «colegios» que, después de su muerte, se difundieron en Europa y el mundo. Queridos jesuitas, seguid con este importante apostolado, sin alterar el espíritu de vuestro fundador.

Al hablar de san Ignacio, no puedo dejar de recordar a san Francisco Javier, de quien se celebró el 7 de abril el quinto centenario de su nacimiento: no sólo quedaron unidos por una historia que se entrelazó durante largos años en París y Roma, sino que además les movió y les sirvió de apoyo en sus vicisitudes humanas, si bien diferentes, un único deseo --podría decirse, una única pasión--: la pasión de dar a Dios-Trinidad una gloria cada vez mayor y de trabajar por el anuncio del Evangelio de Cristo a los pueblos que lo ignoraban. San Francisco Javier, a quien mi predecesor Pío XI, de venerada memoria, proclamó «patrono de las misiones católicas», sintió como misión propia la de abrir «nuevos caminos» al Evangelio «en el inmenso continente asiático». Su apostolado en Oriente sólo duro diez años, pero su fecundidad se ha demostrado admirable en los cuatro siglos y medio de la Compañía de Jesús, pues su ejemplo suscitó entre los jóvenes jesuitas muchísimas vocaciones misioneras, y hoy sigue siendo un llamamiento a continuar la acción misionera en los grandes países del continente asiático.

Así como san Francisco Javier trabajó en los países de Oriente, su hermano y amigo desde los años de París, el beato Pedro Fabro, de Saboya, nacido el 13 de abril de 1506, se entregó en los países europeos, donde los fieles cristianos aspiraban a una auténtica reforma de la Iglesia. Hombre modesto, sensible, de profunda vida interior y dotado del don de entablar relaciones de amistad con personas de todo tipo, atrayendo de este modo a muchos jóvenes a la Compañía, el beato Fabro pasó su breve existencia en varios países europeos, especialmente en Alemania, donde por orden de Pablo III participó en las dietas de Worms, de Ratisbona y de Spira, y en los coloquios con los jefes de la Reforma. Desde modo, pudo practicar de manera excepcional el voto de especial obediencia al Papa «sobre las misiones», convirtiéndose para todos los jesuitas del futuro en un modelo.

Queridos padres y hermanos de la Compañía, hoy contempláis con particular devoción a la bienaventurada Virgen María, recordando que el 22 de abril de 1541 Ignacio y sus primeros compañeros emitieron los votos solemnes ante la imagen de María en la Basílica de San Pablo Extramuros. Que la Virgen María siga velando por la Compañía de Jesús para que cada uno de sus miembros lleve en su persona la «imagen» de Cristo crucificado para participar en su resurrección. Os aseguro un recuerdo en la oración por esta intención, mientras imparto a cada uno de los que estáis aquí y a toda vuestra familia espiritual mi bendición, que extiendo también a todas las demás personas religiosas y consagradas que han participado en esta audiencia. 

Traducción del original italiano realizada por Zenit
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