Tres hitos de un largo camino

Con este título, más que de una presentación detallada y técnica del libro de los Ejercicios, se pretende presentarlo de un modo más vital, procurando acercarnos a la sabia profunda que le atraviesa a través de tres hitos fundamentales del mismo.
[Ver también: Génesis de los Ejercicios]

Ignacio define en estos términos lo que entiende por ejercicios espirituales: “… todo modo de preparar y disponer el anima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima, se llaman ejercicios espirituales” (nº 2).

Hay, por tanto, como un doble objetivo que se va entrelazando a lo largo de los ejercicios. A la vez que se va haciendo una profunda experiencia de Dios se va buscando su voluntad para una realidad personal muy concreta como es la de ir descubriendo no sólo el “estilo de vida” sino el “estado de vida” que el Señor quiere para cada ejercitante. Así, el objetivo eminentemente místico (de unión con Dios) que atraviesa los ejercicios ha de tocar y concretarse en la elección del “estado de vida” en que dicha experiencia quiere hacerse realidad. Tan importante es este segundo objetivo, que algunos especialistas defienden que es el objetivo fundamental, aquel hacia el cual Ignacio organiza todos sus ejercicios. Y no les falta razón.

El modo como Ignacio articula la experiencia conducente al doble objetivo mencionado gira en torno a los tres grandes hitos que presentamos a continuación:


1. “El hombre es criado para…” (nº 23)

El primer hito de ese largo camino de treinta días no es otro que el Principio y Fundamento. Es el gran pórtico de entrada, el mapa que traza a grandes rasgos las pistas por donde se va a mover y caminar el ejercitante. Para ello, lo primero que se le ofrece para su consideración es su horizonte último, el fin y el sentido último de su existencia, aquello que le dinamizará para ponerla en marcha y darla su auténtico sentido. Un horizonte existencial que no está en él mismo, sino en Dios –nuestro Criador y Señor- ante el cual el ejercitante se reconoce como criatura agradecida, reverente y servicial haciendo que su vida se transforme en un canto de alabanza, de admiración y servicio a tal Criador y Señor. “Servid al Señor con alegría”, nos dirá maravillosamente el salmo 100,2.

Pero este horizonte último y esa actitud de servicio alegre y agradecido no consiste única ni principalmente en quedarse en una especie de éxtasis contemplativo -“mirando al cielo”-, sino en un vivirse codo a codo con todas las cosas creadas, acercándose a ellas respetando el fin para el que han sido creadas, que no es otro que el que nos sirvan de ayuda y de apoyo -“compañeras de camino”- para desde ellas permanecer alegres en el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor. Esto requiere una profunda finura espiritual, una gran capacidad para no distorsionar dicho fin, aprendiendo a distanciarse amigablemente de ellas –indiferencia- para crear en el corazón de cada uno un espacio de libertad que le permita volver a ellas y elegirlas con el único deseo de que le conduzcan derechamente al fin para el que ha sido creado.

Este primer hito del camino sitúa al ejercitante cara a cara con el Dios creador, relacionándose con Él y con sus criaturas en clave de libertad. De ahí la lograda expresión del P. de Guibert –un gran especialista en la espiritualidad ignaciana- cuando dice que la experiencia del mes de Ejercicios consiste en “un diálogo entre dos libertades”. Por ello, el “principio” de los Ejercicios es, a su vez, su “fundamento”, la piedra angular sobre la que se construye todo el edificio.

2. “Los que más se querrán afectar…” (nº 97)

El segundo gran hito que señala el camino lo constituye la meditación del Rey eternal (nn. 91-100), nuevo pórtico de entrada, ahora en clave de seguimiento y, por tanto, modo concreto de llevar a cabo el ideal – la vocación- planteado en el PyF. Es la meditación en la que “Cristo nuestro Señor, rey eterno”, predicador ambulante por “sinagogas”, “villas” y “castillos”, manifiesta su voluntad de conquistar todo el mundo para Dios e invita a cada uno a colaborar con él en esta maravillosa aventura. A la vez que anuncia el objetivo, formula en apretada síntesis, el modo de llevarlo a cabo, que no es otro que el compartirlo todo con él (comida, trabajo, penas, alegrías…).

Ante tan extraordinaria propuesta, ¿cómo reaccionarán “los que más se querrán afectar”, es decir, aquéllos que más quieran distinguirse por su generosidad en el servicio de tal Rey y Señor?

Uno podría esperar espontáneamente un acto heroico y voluntarista de parte del ejercitante, tan típico de aquel que está dispuesto a darlo todo por Cristo. Sin embargo, lo que se le propone como respuesta es una oración –en clave de oblación- en la que el ejercitante, en actitud humilde y confiada, reconoce que está dispuesto a todo por el seguimiento del Señor, pero condicionado a que quiera su “santísima majestad” elegirle y recibirle en tal vida y estado (nº 98). El sentido pasivo –ser elegido, ser llamado, ser recibido- empieza así a impregnar toda la experiencia de los Ejercicios.

Una vez atravesado este pórtico, el ejercitante está en buena disposición para hacer lentamente el largo recorrido del seguimiento y de la identificación con Cristo. Para ello tendrá que ir contemplando uno a uno “los misterios de la vida del Señor”, para que de tanto ver, oír, mirar, advertir, contemplar y reflectir sobre cada misterio se vaya imprimiendo en sus ojos y en su corazón la imagen de Jesús, de modo que pueda reproducirla lo más adecuadamente posible en su propia vida. Seguimiento e imitación, imitación y seguimiento, dos polos de una misma realidad, dos modos de concretar la única respuesta a la única llamada del Rey eternal. Tiempo largo de asimilación y maduración a través de la segunda, tercera y cuarta semana.

3. “En todo amar y servir” (n. 233)

El tercer gran hito de los Ejercicios lo constituye la “Contemplación para alcanzar amor” (nn. 230-237). Un hito que es ya la cumbre, el lugar desde donde se divisa todo el camino recorrido y desde donde se hace un último y definitivo intento de profundización en el misterio amoroso de Dios a través, ahora, del reconocimiento agradecido de todos sus dones. De ahí que al ejercitante se le ofrezca la gran oportunidad de sondear a través de esta contemplación toda la realidad –divina y humana- para descubrir en ella al Dios que la anima, habita, trabaja y se deja percibir a través de ella.

Impresionado por esa inmensa cascada de dones, al ejercitante no le queda otra alternativa que la de rendirse en un gesto de total agradecimiento expresado en clave de ofrenda total de sí (“Tomad, Señor, y recibid…”) quedando, así, definitivamente envuelto en la dinámica del amor y del servicio: “En todo amar y servir”, cumbre de la vida cristiana.

Los tres hitos se desarrollan en un continuo crescendo en clave de superación. Tanto la libertad anunciada en el Principio y Fundamento, como la oblación para responder a la llamada del Rey Eternal quedan asumidas y superadas en la dinámica del amor y del servicio de la Contemplación para alcanzar amor. Esta constituye, por eso, la cumbre de la experiencia, a la vez que hace de trampolín para seguirla ejercitando en medio del permanente ajetreo de la vida diaria. 

[continúa: La pedagogía de la oración ignaciana]