Las experiencias del noviciado y el corazón del jesuita

Cada forma de vida religiosa requiere una iniciación. Cuando San Ignacio pensó la formación del noviciado no se preocupó del aprendizaje de las habilidades externas que capacitan para hacer "las cosas que hacen los jesuitas", sino que buscó, sobre todo, la formación del hombre interior, ayudar al que comienza a crecer en facilidad para encontrar a Dios. Para ello propuso hacer seis experiencias en los dos primeros años, que coinciden con las que constituían la forma de vida de los primeros jesuitas cuando fundaban la Compañía. Estas experiencias servirán de "pruebas" de la vocación -el novicio puede ver si le es dada la gracia necesaria para esta forma de vida- y, al mismo tiempo, serán una ayuda para ir configurando el corazón en sintonía con Cristo y con la experiencia de los primeros compañeros, y así poder seguir reengendrando cada día la Compañía en contextos nuevos. Sólo después del noviciado vienen los largos años de estudios para aprender las habilidades necesarias para la vida apostólica. Más tarde, después de los estudios aún queda una última etapa de formación, un volver a pasar todo por el corazón, "la escuela del afecto", un tiempo parecido al noviciado con las mismas experiencias. Las seis experiencias que propone Ignacio para el noviciado son las siguientes:

Primero hay que poner el fundamento interior y echar las raíces en Cristo. Por ello la primera y principal experiencia es el mes de ejercicios espirituales. Estos últimos años lo hacemos en el santuario de Javier entre enero y febrero. Es un tiempo de oración y silencio en que buscamos una conversión real y definitiva a Dios, fundarnos en Él, conocer Su voluntad, hacer una alianza personal con Él y dejarnos conducir sólo por Él. Buscamos formar nuestro corazón según el de Cristo, ir teniendo sus actitudes, sus reacciones, su sensibilidad, su modo de amar y ayudar. Se podría decir que el noviciado gira en torno a los ejercicios. Los meses anteriores son preparación para ellos y el tiempo posterior es verificación y encarnación de lo experimentado en ellos. 

El primer contraste de lo vivido en ejercicios con la realidad viene en la segunda experiencia que prescribe S. Ignacio: servir en hospitales comiendo y durmiendo en ellos, aprendiendo a acompañar el dolor humano y la miseria del mundo. Solemos hacerla en centros que atienden a marginados y excluidos, a enfermos psiquiátricos profundos o personas que no llegan a la seguridad social. No se trata tanto del aprendizaje técnico de cuidados, sino de aproximarse a los que sufren en situaciones extremas y dejarse educar por ellos. Acercarse a situaciones límite permite comprender necesidades esenciales del hombre y relativizar muchas preocupaciones propias. En esta experiencia el novicio prueba la fuerza del deseo que le lleva a servir a Dios y a los demás, experimenta el servicio de los más pobres como lugar de encuentro con Dios y va aprendiendo a gustar de ponerse junto a los pequeños, con humildad y abnegación de sí mismo. Así se va formando un corazón compasivo y capaz de amar. 
La tercera experiencia es peregrinar sin dineros, para acostumbrarse a mal comer y mal dormir y, sobre todo, para aprender a poner toda la confianza sólo en Dios. En ella pasamos por una identidad flotante, sin nada de lo que suele dar seguridad: ni diplomas, ni títulos, ni relaciones ni vínculos afectivos; tampoco nos presentamos como jesuitas... sólo somos peregrinos... En este pasar por el punto cero reconocemos la generosidad y bondad de mucha gente, manos del buen Dios que cuida de nosotros. La peregrinación dura tres semanas y la hacemos de dos modos: uno es el tradicional, salir sin nada y a pie con destino a un santuario. En el camino nos ofrecemos a los alcaldes o a los curas de los pueblos por los que pasamos, para ayudar en lo que podamos. Todo gratis. Si nos dan algo para la subsistencia o alojamiento lo agradecemos; si no, pedimos por las casas, ofreciendo, a veces, un servicio. El otro modo de hacerla, más actualizado, consiste en trabajar en los invernaderos con los inmigrantes sin papeles. La peregrinación es experiencia de poner la confianza sólo en Dios, eso pasa por vivir a la intemperie, con gratuidad, generosidad y olvido de uno mismo, como los lirios del campo y los pájaros del cielo, confiando completamente en Dios que provee y cuida de nosotros con amor. También es un tiempo para ver el mundo desde abajo, de estar a expensas de otros: de que te den o te contraten para explotarte. La libertad y el gozo de poner toda la confianza en Dios, va modelando un corazón despojado y generoso.

La cuarta es ejercitarse en tareas de la casa. Los servicios de la casa enseñan a amar los trabajos ocultos, cuidar de lo pequeño, lo que no se ve, lo que nadie agradece, pero que es tan necesario, pues facilita la vida en común y la hace más agradable. Tendemos a emplearnos en las cosas importantes y no nos detenemos en lo más sencillo y cotidiano. Para ser mártires, sobre todo, si nos graban en vídeo, más o menos, todos tenemos vocación; en cambio, para cuidar día a día de cosas sin importancia que mejoran la vida, pero que nadie ve ni agradece porque se hacen en lo oculto, ya es más difícil. En estas tareas, a las que cada día les dedicamos un tiempo, se va formando un corazón humilde, pegado a la tierra y a lo cotidiano.


La quinta, enseñar en público la doctrina cristiana a niños y jóvenes. Todos los novicios tienen algún servicio pastoral en alguna comunidad cristiana. Hay algo de aprender de los que ya lo hacen, pero, sobre todo, se trata de explicar a otros o hablar con ellos de las cosas de la fe. Esta experiencia ayuda a expresar y comprender mejor uno mismo aquello que está intentando vivir, a formular para otros, e indirectamente para sí mismo, aquello en lo que está intentando fundamentar su vida. Asumir un papel público en favor de la buena noticia de Jesús, compromete con ella y revela las propias resistencias. Así uno se va afianzando en lo que predica y se va formando un corazón evangélico.

Y por último, la sexta, para los que entran siendo sacerdotes, es predicar y confesar, realizar ministerios sacerdotales típicos de la Compañía. Una experiencia que hacemos en sustitución de ésta, para los que no son sacerdotes, es la experiencia de misión. En ella nos ponemos al servicio de alguna comunidad y ayudamos a algún jesuita en su misión. Obedecemos a quien nos propone la misión, ponemos toda nuestra fuerza y creatividad al servicio de un proyecto evangelizador concebido por otros o con otros, y actuamos concertadamente. Así vamos aprendiendo a actuar en compañía y se va formando un corazón al servicio de los demás, al servicio de la misión de Cristo.

Realizar las experiencias contento y encontrar alegría en esta vida da al novicio la confianza de que ha sido llamado a esta vocación y que se le da la gracia para llevarla adelante. Esto le lleva a comprometerse para siempre con el Señor con sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Ya puede comenzar los estudios que le capacitarán para realizar su misión, pero con la brújula interior que le va configurando con Cristo cada vez más, que le guía para buscar y hallar a Dios en todas las cosas y para dejarse conducir por Él en este camino de ayudar a los demás en el camino de la Vida.