La experiencia de peregrinación

DOS NOVICIOS EN LA CURVA

Por toda respuesta se reía. Con una sonrisa sana, alegre, amigable y desconcertante. Estaba esperando a que mi compañero de peregrinación viniera de trabajar, y no sabía qué hora era, así que le pregunté. Su nombre era "Mijail ",rumano de 18 años, vivía solo con su hermano. "Os conozco de la curva; tu amigo y tú pasáis todas las mañanas y me saludáis. Los demás no lo hacen"… . Su rostro y su sonrisa transmitían cariño y cercanía; y hacían que el calor, las moscas, el olor pútrido del melón y la sandía, el dolor de espalda, el mal comer y dormir hayan merecido la pena.

Llegamos a media tarde, con lo justo para comer y unos euros sobrantes del viaje. Averiguamos que para contactar con los "patrones" de los invernaderos debíamos ir a la curva de la carretera, a 4km de allí, a las 6:30 de la mañana y esperar a ser contratados junto a los demás jornaleros. Después de la eucaristía, dejamos nuestros últimos euros en el "cepillo" y la sensación de no tener ninguna seguridad, de sentir, Padre, que estábamos en tus manos, sin red, fue preciosa. Sin nada para cenar, sin dinero, sin sitio donde dormir, con la confianza puesta en Él que nos enviaba, y con una intensa sensación de libertad interior. Al día siguiente, como haríamos cada mañana, a las 5:30 nos poníamos en camino a la curva, rezando el rosario.

No éramos turistas ni jornaleros, ni estudiantes sin dinero, aunque esa era nuestra coartada. Estábamos allí por Él, en su nombre y Él estaba en medio de nosotros. Estaba ahí y nos llamaba a ir con Él, a acompañarle cada mañana a la curva, a trabajar a su lado junto a rumanos, ucranianos, marroquíes, lituanos..., a ser explotados con ellos por 30 euros al día, a cargar matas de melón y sandía, limpiar invernaderos y a compartir por unos días su incertidumbre y su inseguridad, su vulnerabilidad, su precariedad laboral. Así pudimos vivir la ansiedad e incertidumbre que crea el no saber qué pasará mañana, el no poder planificar ningún gasto o actividad, pues el patrón te puede requerir para una, media, dos jornadas. ¡Quién sabe lo que pasará mañana!. Era duro cada ir cada día a "buscar a un hombre" que nos contratara… . Rostros de tensión disimulada, de espera incierta, ojos que atraviesan el aire buscando, queriendo ver el primero la furgoneta que ofrece trabajo... mendigando cada día: "Jefe, ¿tiene trabajo? ". " Sí, sube ".

Y te subes con un desconocido a trabajar en algo que no sabes si sabrás hacer. Parece tonto, ¡llevar una carretilla!. ¡Qué poca cosa nos sentimos cuando un día casi nos echan porque no la llevábamos lo bastante cargada y lo bastante rápido!. Y, qué pesado era tener al patrón todo el día encima, corrigiéndote porque todo lo haces mal, incapaz de "barrer" una "calle" del invernadero o de "tirar el plástico" o de escoger los melones buenos. Te sientes pequeño, poca cosa, y un poco herido en tu orgullo cuando son tus compañeros los que te enseñan con paciencia.

Sudado, harto de que te corrijan, tragando orgullo y sintiendo que el Señor te acompaña y te consuela. Quizás, Él, como carpintero, fue jornalero y fue explotado y quizás mal mirado cuando volvía a casa sudoroso y sucio de trabajar, era un pobre nazareno al fin y al cabo. ¡Por nosotros se hizo pobre!, por nosotros como el pobre entre los pobres. Ese sentimiento y pensar en los primeros Jesuitas trabajando en hospitales, durmiendo en el suelo, mendigando para comer, y en tantos Hermanos que calladamente día a día, por solo amor a Dios se han desgastado en granjas, lavanderías y talleres, enfermerías... me hacía sentirme muy pequeño, minúsculo y al mismo tiempo profundamente agradecido al Padre por ser jesuita.

Ha sido una experiencia dura, por su incertidumbre y su crudeza, por su exigencia física, pero bonita porque sólo así es como hemos podido abandonarnos a la Providencia. Nuestras condiciones de trabajo eran las de los inmigrantes, vivíamos como ellos al poco de llegar; ellos por amor a sus familias; nosotros, por amor a Dios, a ellos y a la Compañía.

También pudimos conocer la solidaridad. Se llamaba Abder, marroquí de 24 años llegado en patera hacía uno y medio. Era mucho más rápido que yo. Me dio una lección de gratuidad inolvidable. Fue un día, arrancando malas hierbas con las manos, porque sólo había dos azadas, y eran para los patrones. Cada uno teníamos nuestra "calle", así se avanza más y el jefe controla mejor. En cuanto Abder veía que me retrasaba, se cruzaba a mi calle y se ponía a ayudarme; sin decir nada, sin esperar un gracias, ni una mirada de reconocimiento… . En esos detalles, en esos gestos, en su alegría cuando nos cruzábamos por la calle, en ese gozo interior que dejaba el estar con ellos, he encontrado a Dios estos días.

Aún pudimos sentir la Providencia más claramente. La primera noche dormimos en el albergue de la policía. Al día siguiente no teníamos nada. Estábamos en la playa. Yo trataba de dormir la siesta, mientras mi compañero lavaba su ropa en una ducha... y en eso, Pedro, que pasaba por allí, nos vio en la calle y ¡sin pedirnos nada!, ¡ni siquiera el nombre!, nos metió en su casa durante una semana porque él tenía que estar fuera. "Benditos de mi Padre porque estuve sin casa y me alojasteis...". Luego, dos noches más de albergue y los últimos diez días el párroco nos acogió en el salón parroquial. Y así, comiendo barato y durmiendo gratis, ahorramos algunos euros que luego entregamos para una escuela del Congo.

Ahora ante la perspectiva de los votos siento, Padre, que estoy en tus manos, que tengo tan poco como para la peregrinación, o, quizás mucho menos. Mejor aún, intuyo que la Verdadera Peregrinación empezará D.M. cuando de rodillas ante Ntra. Sra. del Salvador, con mis votos, lo entregue todo y me ponga, ahora sí, totalmente en tus manos.

Con profundo agradecimiento al Padre por la gente que nos acogió, por Mijail, Abder, Abdul y demás compañeros de la curva, por todos los patrones que se ven a su vez explotados por los comerciantes, por mi compañero y hermano de peregrinación en la Compañía de Jesús.