Mi primer año de Noviciado

Algunos lo comparan con un noviazgo, ese tiempo hermoso de enamoramiento, donde todo es perfecto y tu mayor anhelo es estar junto a ella, sin que el reloj avance. Un tiempo donde no existen dificultades porque estáis juntos, donde el amor lo puede todo. Un tiempo de sueños, de ilusiones compartidas de proyectos en común. Otros por el contrario lo comparan con un desierto, imagen bíblica, por excelencia. Lugar de soledad, de retiro, de rupturas, donde se libra la más difícil de las batallas que consiste en vencerse a uno mismo. Tiempo de sequedad, de vacío, de ausencia de todo, donde no encuentras sentido a casi nada.

Sin embargo, en mi opinión, el noviciado es la suma de ambas. Los primeros días, son como ese noviazgo. Todo te resulta nuevo y casi perfecto, y si no lo es, tampoco importa demasiado, lo importante es estar con Él. Aún recuerdo ese primer día, en que tocas el timbre de tu futura casa, sin saber muy bien lo que te espera dentro. Después de un aluvión de abrazos, nombres y presentaciones, subes al cuarto, una habitación sencilla, blanca, con un crucifijo como única decoración, y una ventana que te deja ver el mundo del cual te apartas..., para algún día volver a él. Una habitación pequeña, recogida, limpia, que recuerda la sencillez de aquella casa de Nazaret, donde un día se paró la historia.
Una vez terminada la novedad, te sumerges en la cotidianidad de cada día, que por cotidiano no deja de tener cierta novedad. La mañana empieza con la oración. Es curioso ver a toda la gente corriendo de aquí para allá, por llegar al trabajo o al colegio a tiempo, y nosotros en cambio, nos permitimos dedicar toda una hora de nuestro tiempo a estar en silencio delante de Él, delante de aquél que queremos que nos llene la vida. Y para que esto no quede en palabras vanas que se las lleva el aire, lo llevamos a la práctica en los servicios. En ese trabajo humilde y sencillo que podríamos considerarlo como una actualización del lavatorio de los pies, que en su día hizo Jesús. En aquel entonces hizo el trabajo de un siervo, hoy en día hacemos también el trabajo que muchos no quieren hacer gratis, y que muchos otros tampoco lo quieren hacer ni siendo pagados.

Después de esto al igual que los apóstoles aprendían de Jesús, nos dedicamos al estudio de la que queremos sea nuestra vida, y nos configure como seguidores del Señor. La profundización en nuestra vocación cristiana en general, y a jesuítica en particular. En eso invertimos las mañanas y prácticamente todas las tardes. Por las tardes también, y como manera de interiorizar una forma de vida, realizamos diversas trabajos en parroquias, en colegios, en la cárcel, en Cáritas...

Al principio he hablado del desierto y la soledad, pues bien, este aislamiento y búsqueda en solitario del Señor se hace expresivamente patente en lo que llamamos el mes de Ejercicios. Es un tiempo de encuentro a solas con Dios, 30 días de silencio y oración, donde se mezcla el dolor y la culpa humana, con el perdón y el amor de Dios; el reconocimiento de la grandeza de Dios y de nuestra pequeñez humana; la oferta de vida del Señor, con la capacidad de autodestruirnos que tenemos los hombres; la pasión por seguir a Cristo, y trabajar en su proyecto, con el miedo a un sí total y absoluto en el que ya no dependamos de nosotros mismos sino de Él. Sin embargo al final de ese mes puedes estar seguro de que las cosas no pueden volver a ser las mismas, que aprendes a sensibilizarte más con la voluntad de Dios, o como dicen algunos, que se te complica más la vida.

Después de este tiempo de desierto, San Ignacio, propone volver al mundo para confirmar aquello que hemos sentido en los Ejercicios. La manera que se le ocurrió para eso, es el servir y ayudar en un hospital. En mi caso, se trataba de una residencia para personas con enfermedad incurable, y que vivían de la Providencia, confiando su vida al Señor. La comunidad de religiosas que allí están viven una vida totalmente entregada a los enfermos. Resumiría su vida con la siguiente cita ‘buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura’. Fue una experiencia de búsqueda de la presencia de Dios en mi vida, y en mi servicio a los demás.