El marco historico de Ignacio.
Un mundo apasionante
J.M. Rambla SJ

Íñigo López de Loyola nació en la casa de este nombre, entre Azcoitia y Azpeitia, en un valle exuberante y encantador, regado por el Urola y dominado por la cumbre del Izarraitz. Fue el más joven de trece hermanos. Sobre la fecha de su nacimiento se han hecho todo tipo de indagaciones sin resultados plenamente satisfactorios. Probablemente nació en 1491. El mismo Ignacio ofrece información incoherente en este punto. Sobre el motivo del cambio de nombre, del prerrománico Iñigo al de Ignacio, tampoco sabemos nada cierto. Se ha dicho que el cambio fue debido a la devoción que Íñigo tenía a San Ignacio de Antioquía. Es posible, pero no absolutamente cierto. Parece, sin embargo, que por el tiempo de sus estudios en París el cambio ya se había producido.

Aunque el valle de Loyola se encuentra hundido entre montañas, el mundo en el cual se cría Íñigo no es cerrado ni pequeño. La familia es numerosa y, además, vive sumergida en la vida pública del país: dos hermanos lucharon en Nápoles, otro en Flandes, otro en Navarra y Fuenterrabía, otro se embarcó a América, otro, sacerdote, viajó dos veces a Roma para defender intereses familiares... Durante la infancia de Íñigo tienen amplia y duradera resonancia hechos que crean un nuevo clima en la península: la rendición de Granada, el descubrimiento de América, la apertura del paso marítimo a las Indias... En conjunto, un buen alimento para un espíritu soñador.

En lo referente a la vida de la Iglesia, Iñigo se mueve en un ambiente en el que una fe sincera se casa fácilmente con toda suerte de conductas. Todos los testamentos familiares empiezan pidiendo perdón por los pecados. No falta, sin embargo, el buen ejemplo de cristianos sinceros, como el de la cuñada Magdalena de Araoz. La familia, además, tenía el patronato de la parroquia de Azpeitia. Este patronato comportaba el derecho de presentación del párroco con una gran participación en los beneficios económicos y, naturalmente, también conflictos de intereses y competencias. Por otra parte, el panorama cristiano del valle debía ser un vivo reflejo de todas estas realidades. El mismo Ignacio, de vuelta de París, transcurridos ya muchos años de su conversión, se pondrá a enderezar algunos de los abusos de su pueblo. En este ambiente de vida eclesial, debían sorprender menos de lo que hoy podríamos creer las noticias que sin duda llegaban a los Loyola sobre la vida y los excesos del Papa Borja y su curia, y sobre el estado de la Iglesia. En el mundo de la política, las relaciones de la familia volaban muy alto. El mismo Contador Mayor de Castilla pedirá al señor de los Loyola que le envíe uno de sus hijos para tenerlo en casa como suyo. Iñigo, que tuvo el privilegio de ser el elegido, fue a Arévalo en 1505 o 1506. Permanecerá allí, con salidas frecuentes acompañando al Contador Mayor que también pertenecía al Consejo real, hasta el año 1517. Once años, como mínimo. Toda la juventud de Iñigo. Allí fue puliendo su buena letra, se aficionó a la lectura -la biblioteca de Arévalo era rica- debió escribir el poema en honor de San Pedro, actualmente perdido, mantuvo también algunas prácticas religiosas y una cierta piedad compatible con una conducta indulgente. Pero lo que más caracteriza estos años es lo que él mismo nos confesará: «vanidades del mundo... ejercicios de armas... grande y vano deseo de ganar honra».

Once años en Arévalo (Ávila)
Después de estos tiempos de Arévalo, Iñigo -contra una opinión muy extendida, pero sin fundamento, que nos lo presenta como soldado- es ya hombre de corte y de palacio. Como todo gentilhombre, tenía que sobresalir en el ejercicio de las armas si quería ganar honra y también tenía que estar preparado para tomar las armas cuando alguna situación eventual le reclamara. Pero, ¿qué se esconde tras aquella simple expresión «vanidades del mundo»? La sobriedad con la que el confidente de Ignacio, Gonçalves da Camara nos trasmite la confesión del peregrino puede completarse con buenas informaciones de otras fuentes. Cuando tenía veinticuatro años, durante una estancia en Azpeitia, parece que cometió unos excesos no aclarados del todo: ¿violación? ¿secuestro con agresión de un adversario de los Loyola? Lo cierto es que quieren encarcelarlo y que se escapa de la jurisdicción de Azpeitia huyendo hacia Pamplona. Más tarde, el año 1519, se le concede el derecho de armas y un guardia personal, porque está amenazado de muerte y le siguen la pista. Es más, esta concesión se le renueva al año siguiente. Tampoco se sabe a qué responden estas amenazas, pero en los documentos referentes a este episodio aparecen armas, heridas y una mujer por medio. Todo ello no hace más que confirmar lo que dijo Polanco, hombre de la más alta confianza de Ignacio: «aunque era aficionado a la fe, no vivía nada conforme a ella, ni se guardaba de pecados, antes era especialmente travieso en juegos y en cosas de mujeres, y en revueltas y cosas de armas".
Herido en Pamplona
De Arévalo había salido el año 1517, después de la muerte de Juan Velázquez de Cuellar, caído en desgracia un año antes, al morir Fernando el Católico. De este modo, después de haber recibido la primera lección sobre la vanidad del honor del mundo, Iñigo pasó a servir al virrey de Navarra, Antonio Manrique de Lara. En este tiempo participa en la toma de Nájera y se le encomienda una misión de paz en Guipúzcoa. Unos años que completan su carrera. Pero ¿qué carrera? Porque el mes de mayo de 1521 se dirige a Pamplona con tropas guipuzcoanas para reforzar la ciudadela. Y aquí –seguramente el mes de mayo- le vemos en un heroico y quizás utópico combate, desplomado y herido en una pierna. Es el punto en que comienza el relato ignaciano de la manera “como Dios le había dirigido desde el principio de su conversión”. 

Una Europa agitada
Desde esta óptica de fe, y no de cronista, Ignacio en su narración nos proporciona datos históricos cuando sirven a su propósito de relator de una experiencia espiritual. Y esta experiencia se desarrolla a lo largo de unos años -1521 a 1538- muy agitados. En Europa, guerras (franceses españoles, Venecia y los turcos...). A escala mundial, descubrimientos, conquistas y aventuras. También evangelización. La Iglesia se debilita por dentro y se escinde por fuera (Lutero, Enrique VIII, Calvino...). No faltan, sin embargo, signos de una vida nunca del todo sofocada (Fisher, Tomás Moro...).

La vida del peregrino se extiende todavía diecisiete años y medio después de esta fecha de 1538. De este tiempo el relato sólo nos ofrece unas confidencias finales que permiten adivinar la pletórica riqueza del interior de Ignacio y la gran trascendencia de su vida y acción durante aquel tiempo. Años de quietud exterior, Ignacio clavado casi siempre en Roma. Es el eje en torno al cual se mueve la naciente Compañía. Porque… ¡ésta se encuentra en perpetuo movimiento! Había sido confirmada por Paulo III (27 de setiembre de 1540) después de unas largas deliberaciones del primer grupo de "compañeros" -entre los cuales hay nombres tan conocidos como Francisco Javier, Diego Laínez, Pedro Fabro, Alfonso Salmerón-. Los Ejercicios Espirituales fueron aprobados ocho años más tarde, el 31 de julio de 1548; contra lo acostumbrado, con un breve del Papa. Ya había empezado la dispersión: India, Europa, Brasil, Japón. Van llegando los que también quieren unirse a la Compañía. Al morir Ignacio ya son unos mil. Mientras, el santo, en sus "camarette" de Roma, orienta a los jesuitas, redacta las Constituciones, escribe cartas y más cartas -se conservan doce volúmenes con unas siete mil y muchas se han perdido-…

Durante los años de quietud romana de Ignacio y de rápido aumento de la Compañía, la sociedad va afirmándose en su autonomía -en 1543 aparece el De revolutionibus de Copérnico- y la Iglesia busca su profunda renovación: el Concilio de Trento se inicia en 1545. Comienzan a verse los frutos de una vida cristiana más pletórica: Teresa de Jesús, en España, y Felipe Neri, en Italia, son nombres destacados entre otros muchos que, con su vida y acción, aceleran el ritmo de reacción de una Iglesia -demasiado desfigurada por "manchas y arrugas". Ignacio y Felipe Neri se relacionaban y dan comienzo a una íntima amistad, reforzada por la común preocupación de renovación eclesial.

Una Iglesia que despierta
Los últimos años de Ignacio son testigos de una Iglesia que despierta a los estímulos que le vienen de dentro, a las lacras que la denuncian desde fuera y al clamor que le llega de un mundo que abre nuevas dimensiones geográficas y culturales. La inmensa magnitud del epistolario ignaciano transparenta el extenso horizonte y la profunda vida de aquel hombre que, desde Roma, abarcará toda la extensión del mundo y la profundidad de los problemas de los hombres. No es de extrañar en un hombre acostumbrado ya a las dimensiones infinitas de Dios: "siempre creciendo en devoción, es decir, en facilidad de hallar a Dios; y ahora más que en toda su vida. Y siempre ya cualquier hora que quería hallar a Dios lo hallaba" (n. 99). Encontrando a Dios, con su mirada y corazón centrados en este mundo -¡al que Dios tanto ama!- le llega la muerte el 31 de julio de 1556. Polanco pondera "la humildad deste santo viejo" que “pasó al modo común deste mundo". Una última y muy significativa lección de un hombre que enseñó a encontrar y amar a Dios no sólo en situaciones extraordinarias sino “en todo".