Génesis de los Ejercicios Espirituales

[ver también la sección de Espiritualidad]
“… todo modo de preparar y disponer el anima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima, se llaman ejercicios espirituales” (nº 2).

Génesis de los Ejercicios Espirituales

Empecemos por el final. El año 1548 Ignacio consigue del Papa Paulo III la aprobación y recomendación del libro de los Ejercicios con el breve “Pastorales officii”. El texto aprobatorio dice así: “Habiendo examinado dichos Ejercicios y oído también testimonios y relaciones favorables…, hemos comprobado que dichos Ejercicios están llenos de piedad y santidad, y son y serán muy útiles para el progreso espiritual de los fieles. Además, no podemos por menos de reconocer que Ignacio y la Compañía por él fundada van recogiendo frutos abundantes de bien en toda la Iglesia; y de ello mucho mérito hay que atribuir a los Ejercicios Espirituales. Por ello… exhortamos a los fieles de ambos sexos, en todas partes del mundo, a que se valgan de los beneficios de estos Ejercicios y se dejen plasmar por ellos”. Algo insólito en sí, la aprobación de un librito de estas características, pero algo por lo que Ignacio luchó con toda su tenacidad característica, pues dicha aprobación suponía el mejor bálsamo contra todos los ataques que había recibido desde su conversión, cuando al hilo de su experiencia personal empezó a ayudar a las almas a través de los ejercicios que él mismo iba cuidadosamente recopilando. Pero este final feliz, tiene un comienzo y una larga historia. Recordémosla.

Ignacio mismo nos confiesa en su Autobiografía que “los Ejercicios no los había escrito todos de una vez, sino que algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles, le parecía que podrían también ser útiles a otros, y así los ponía por escrito”.

Cosas que observaba en su ánima.
Esta capacidad de observación comienza ya en Loyola, durante el tiempo de su convalecencia, al constatar la variedad de pensamientos y sentimientos que se producían en él según se entretuviera a pensar en cosas del mundo o en aquéllas que le brotaban de sus lecturas piadosas. Unos, al principio le dejaban consolado y al final desolado; los otros, al contrario. De esta variedad de pensamientos y sentimientos empezó, como nos confiesa él mismo, “a tomar lumbre para lo de la diversidad de espíritus”, lo que dará origen a algunas de las reglas de discernimiento.

Otra etapa fundamental de su vida y, por tanto, del libro de los Ejercicios es la comprendida entre Monserrat y Manresa que dura alrededor de un año. Todos los comentaristas de la época coinciden en afirmar que los Ejercicios pertenecen al tiempo de su estancia en Manresa. Laínez, uno de sus primeros compañeros, dice así: en Manresa “vino, cuanto a la substancia, en estas meditaciones que decimos ejercicios”, y Polanco, secretario de Ignacio una vez fundada la Compañía: “Entre otras que le enseñó Aquel qui docet hominem scientiam en este año (de Manresa), fueron las meditaciones que llamamos Ejercicios Espirituales, y el modo de ellas; bien que después el uso y experiencia de muchas cosas le hizo más perfeccionar su primera invención”.

Piezas que va ensamblando
Durante esa etapa Ignacio se va confrontar, en primer lugar, con su propia experiencia de hombre pecador y a la vez perdonado, lo que constituirá el núcleo fundamental de la “primera semana”; y, en segundo lugar, con la “ilustración del Cardoner” -que le abrirá los ojos y le hará madurar en su deseo de ayudar a las almas- constituirá el núcleo fundamental del ejercicio del Reino, la contemplación de la Encarnación y la de “dos banderas”. Además de las meditaciones aludidas, son también de esta etapa el “Examen particular” y el “Examen general”, así como las “Reglas para discernir escrúpulos más propias de la primera semana” y los “Tres modos de orar”. De la “ilustración del Cardoner” brotará también la experiencia del Resucitado que, una vez glorificado, “atrae todas las cosas”, dando lugar a la cuarta semana y a la “contemplación para alcanzar amor”, que desarrollará más tarde. La plasmación de la segunda y tercera semana vendrá iluminada desde su propia vida y de la contemplación de los misterios de la vida y muerte del Señor que forman el “corpus” fundamental de los Ejercicios.

Es importante notar que Ignacio escribe lo fundamental de los Ejercicios en Manresa, antes de cursar sus estudios, lo que le acarreará no pocas persecuciones, juicios y hasta cárceles, acusándole de “iluminado” y de enseñar lo que no ha estudiado. Es precisamente con motivo de uno de esos juicios (Salamanca, 1527) cuando Ignacio habló por primera vez de los Ejercicios escritos, cuando dio al bachiller Sancho de Frías “todos sus papeles, que eran los Ejercicios, para que los examinasen”. Papeles que, desgraciadamente, se han perdido.

Paris, nueva etapa, nuevos retoques
Otra etapa importante de la elaboración de los Ejercicios es la de París (1528-1535), ahora en plena época de estudios. Aquí redacta el “Principio y fundamento”, la meditación de los “Tres binarios”, la consideración sobre las “Tres maneras de humildad” así como la “Contemplación para alcanzar amor”. Algunas “Anotaciones” y “Adiciones” y una primera serie de “Reglas para sentir con la Iglesia”. Todavía en Italia (1536-1537) y más concretamente en Roma (1539-1541) seguirá ultimando y perfilando algunos de los temas iniciados e introduciendo otros nuevos como las “Reglas para ordenarse en el comer”.

Ignacio terminó de escribir, en lo esencial, su texto castellano en 1540-1541. Pero no se conserva el texto original, ni de los Ejercicios de Manresa ni de los más perfeccionados de París. Al que se denomina Autógrafo (1544) es el ejemplar castellano más antiguo que se conserva, y se denomina así porque fue utilizado por Ignacio y porque en él aparecen 32 correcciones o añadiduras suyas.

Roma, aprobación pontificia
Junto al Autógrafo va apareciendo una gran proliferación de textos latinos adaptados. El más antiguo es de la época de París, cuya traducción es del mismo Ignacio. Pero la que suele ser considerada como la traducción oficial y goza de mayor autoridad es la llamada “Vulgata”, hecha por encargo de Ignacio para presentarla a Paulo III cuando deseaba solicitar la aprobación pontificia, traducida por un gran humanista francés, el P. Andrés Frusio. Al Papa se presentarán estas dos versiones y las dos serán aprobadas el 11 de septiembre de 1548.

No fue asunto fácil, e Ignacio tuvo que echar mano del influjo de Francisco de Borja –entonces Duque de Gandía y posteriormente tercer Superior General de la Compañía- para conseguir la aprobación y una vez conseguida preparar su impresión. La primera tirada fue de 500 ejemplares, de cuyo reparto cuidadoso se encargó el mismo Francisco de Borja. La Vulgata fue, así, el único texto impreso de los Ejercicios hasta 1615, año en que se imprimió también el Autógrafo. El segundo gran sueño de Ignacio estaba conseguido: la aprobación papal del libro de los Ejercicios. El otro había sido la aprobación pontificia de la Compañía de Jesús en 1540.

Para valorar en su justo punto el interés mostrado por Ignacio para conseguir esta aprobación papal hay que tener presente la cantidad de juicios, ataques, malos tratos y hasta cárceles que tuvo que soportar y que ponían constantemente en entredicho lo que enseñaba por no tener estudios. Una aprobación papal de un libro tan insólito sería la mejor defensa contra todos esos ataques, a la vez que se sellaba por la más alta instancia eclesial el valor intrínseco que Ignacio había dado a lo que era, sin duda, su perla preciosa, la expresión más adecuada de las grandes gracias con que Dios le había visitado. Escuchemos sus propias palabras, en una carta al P. Miona: “Siendo los ejercicios espirituales todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mesmo como para fructificar, ayudar y aprovecharse a otros muchos”.

Una vida, un libro. Sin duda que habrá quedado patente esta relación que constituye el secreto último de toda experiencia humana y cristiana: capacidad de vivirlas en profundidad, unida a una gran capacidad para formularlas y comunicarlas a otros. En ese ir y venir de una realidad a otra fue fraguando la vida del pobre peregrino, dejándola plasmada en el libro de los Ejercicios. Quien se ejercite en ellos, se sentirá implicado a hacer personalmente su propio peregrinaje interior que le irá haciendo salir de sí para ascender a las cumbres de Dios recorriendo el mundo de los hombres.

Albino García, S.J.