Ignacio, el peregrino

 

Con esta palabra se autodesigna Ignacio en su Autobiografía, también llamada por ello el “Relato del peregrino” y así firma alguna de sus cartas. No es ciertamente la imagen más frecuente con la que ha pasado Ignacio a la historia, porque tampoco ha sido la imagen más frecuente que ha circulado entre los mismos jesuitas. Y todo porque su Autobiografía fue rápidamente retirada y prohibida por razones internas no muy convincentes. No se edita –y en latín- hasta mediados del siglo XVIII, y no ve definitivamente la luz –en el original castellano-italiano- hasta comienzos del siglo XX. Será a partir de mediados de este siglo cuando empieza a estudiarse y divulgarse entre los jesuitas, y a ser considera una obra fundamental e imprescindible si se quiere conocer a fondo la personalidad de Ignacio. Esta imagen con la que Ignacio se describe a sí mismo –profundamente humana y sencilla- es muy distinta de la que fue brotando en otros círculos más o menos cercanos, de un Ignacio firme y severo, instigador en los ámbitos políticos y eclesiásticos y fundador de una gran Orden religiosa de carácter eminentemente militar… Nada de eso aparece en el sincerísimo relato que él hace de sí mismo. Fue, simplemente, un peregrino, desde su conversión hasta el final de su vida. Y lo fue, no sólo físicamente, por los miles y miles de kilómetros que recorrió, sino sobre todo por ese otro peregrinaje interior que le fue llevando desde el “hombre dado a las vanidades del mundo” hasta aquél que tuvo como único norte “la mayor gloria de Dios”. Veámoslo.

Loyola: Punto de partida
Bien se puede afirmar que su proceso de conversión –iniciado en Loyola el 1521- va acompañado de un camino de peregrinación desde el momento en que él se propone, como primer y gran sueño de converso, el ir a Jerusalén, ¡la tierra de Jesús! Este horizonte último es el que le empuja a salir de Loyola –a lomo de mula- para emprender un viaje con todos los ingredientes típicos de un soñador auténticamente quijotesco. Será en Monserrat donde, en una noche de vela ante la Virgen -marzo de 1522- realice su primer gran gesto de convertido, despojándose de todo lo que había sido el distintivo de su vida anterior: el vestido, la espada, el puñal y hasta de la mula, para revestirse de ese nuevo ser con el que ahora quiere identificarse, el de peregrino: un vestido de saco hasta los pies, una cuerda por cinturón, unas sandalias rotas y un bordón.

Manresa: Una parada imprevista
Y así inicia su larga marcha. Después de esta “vela de armas”, al amanecer tomó el camino de Manresa. Y, desde ahora sí, a pie y como un mendigo va pidiendo por las calles, hospedándose en casa de personas piadosas, o en conventos, o en los hospitales de la ciudad, imponiéndose un ritmo exagerado de oración (¡siete horas diarias!), así como grandes penitencias corporales, y todo ello en el poco confortable habitat de una cueva cubierta de malezas. Ignacio pone todo de sí y la consolación permanente que le acompaña le confirma que va por el buen camino. ¿Pero es realmente así? ¿No está tirando Ignacio del carro de su vida muy por sus propios puños? Pero, ¿por qué sospechar de nada, si todo va sobre ruedas? Pero llegará un momento en que parece perder el rumbo y al tiempo de las consolaciones le suceda otro largo período de desolaciones originadas, fundamentalmente, por los persistentes escrúpulos que le asaltan y que le hacen dudar de todo hasta provocar en él intentos de suicidio. Son armas-situaciones nuevas que él no domina y que le hacen caminar como un perrillo en busca de alguien que le saque de esta penosa situación. Dios andaba por el medio, pero él no lo sabía. Hasta que Dios mismo le sale al encuentro y, estando sentado junto al río Cardoner, tuvo una visión –la “eximia ilustración del Cardoner”- en la que Dios le concede la gracia de “ver todas las cosas nuevas”. Visión que le marcará para toda su vida y que él plasmará en la primera redacción del libro que le hará inmortal: los Ejercicios Espirituales. (¡Iba a Manresa por unos días y permaneció en ella por más de un año!).

Camino de ida: Barcelona, Roma, Venecia, Jerusalén
Profundamente iluminado y transformado por dicha visión, reinicia su camino con más humildad interior, con más confianza y sabiduría de las cosas de Dios, con más discreción de espíritus, con más docilidad…con un nivel de maduración espiritual que no ha sido el fruto de sus esfuerzos sino de ese Dios que le ha salido gratuitamente al encuentro. Así, mejor equipado interiormente, va de Manresa a Barcelona (febrero de 1523) para embarcar para Venecia camino de Jerusalén (¡final del trayecto!). La visita a Jerusalén le llena de consuelo. Su intención era la de quedarse allí para “ayudar a las ánimas”, pero no se lo permiten y este contratiempo le rompe todos los esquemas. Pero Ignacio no se queda parado, recomiéndose en los reveses que le presenta la vida, sino que reacciona y se plantea un objetivo nuevo -¡estudiar!- como medio necesario para mejor “ayudar a las almas”. Tenía ya 33 años.

Camino de vuelta: Jerusalén, Venecia, Génova, Barcelona
Y así le vemos de vuelta en Barcelona, donde había dejado un puñado de personas amigas que le ayudarán en todo. Vuelta a desandar el camino: Jerusalén, Venecia, Barcelona. Aquí estudia Humanidades –¡estudios que los niños hacen a los diez años!- durante dos años, a la vez que sigue con sus tareas apostólicas y se va ganando adeptos para que vivan y trabajen con él.

Alcalá, Salamanca, Barcelona, Paris
Al finalizar sus primeros estudios en Barcelona se traslada a Alcalá de Henares para estudiar Artes (Filosofía), no sin antes haber escrito una carta a su gran benefactora en Barcelona –Isabel Pascual- que firma “el pobre peregrino, Iñigo”. En Alcalá se hospeda en el hospital, estudia, pero sobre todo sigue dando los Ejercicios Espirituales a gentes sencillas. Como vestía extrañamente y como sus Ejercicios empezaron a levantar sospechas, tuvo que padecer la cárcel durante mes y medio. Esta constante sospecha sobre su modo de vivir y de predicar hizo insostenible su estancia en Alcalá y de paso por Valladolid –donde contó fielmente todo lo ocurrido al Arzobispo de Toledo, Fonseca- se dirigió a Salamanca para seguir estudiando, donde llegó el mes de julio de 1527. Ya en Salamanca, una serie de acontecimientos con nuevos juicios y cárceles sólo por predicar sin haber estudiado, le ponen en la tesitura de irse a otro sitio. Y toma la decisión de ir a París. Y así, a primeros de enero de 1528, se va “solo y a pie” a París, camino de Barcelona, a donde llega en febrero de 1528. Aquí, una vez más, la cadena de juicios-castigos-estudio-apostolado se vuelve a repetir, con más persistencia, si cabe, que en ocasiones anteriores. Allí permaneció siete años hasta conseguir el título en Artes y de Maestro y Doctor en Teología. Y allí conquistó por medio de los Ejercicios, de la amistad y de la ayuda personal, a los que serán sus amigos para siempre: Francisco Javier, Laínez, Salmerón, Fabro, Bobadilla, Simón Rodríguez… Allí fraguó este grupo de amigos y allí, en Montmartre, en el contexto de una eucaristía presidida por Fabro –el único sacerdote- hicieron los votos de pobreza y castidad y el compromiso de ir juntos a Tierra Santa, una vez terminados sus estudios, y si esto no fuera posible ponerse a disposición del Papa (la conocida como “cláusula papal”).

Azpeitia (Guipúzcua): Los aires natales
De tanto caminar entre calores y fríos, de tanto trabajar y atender a los demás, de tanto juicio, persecución y cárcel, de tanto mendigar y vivir pobremente…, su salud se resiente y se resquebraja, por lo que los médicos le aconsejan volver a los aires natales. De París, en pleno invierno, con la única compañía de un caballo que le compraron sus compañeros, se dirige a Azpeitia -su tierra natal- a donde llega en abril de 1535, después de trece años de ausencia. Alguien le reconoció en Bayona y se lo comunicó a su hermano que salió a su encuentro insistiéndole a que fuera a vivir a la casa-torre. Pero con gran disgusto de su hermano se fue a vivir al humilde hospital de la Magdalena. Durante tres meses vivió mendigando de puerta en puerta, enseñando la catequesis a los niños, edificando a los mayores con sus sermones y remediando algunos escándalos. Y, una vez recuperada la salud, emprende viaje a Venecia, no sin antes pasar por algunos pueblos y ciudades de sus compañeros parisienses para visitar a sus familias y darles buenas nuevas de ellos. Llegado a Venecia, ultimará sus estudios teológicos, a la vez que espera a sus compañeros de París para, juntamente con ellos, ir a Jerusalén y cumplir así la promesa que allí habían hecho. El reencuentro con sus amigos –“de París han llegado nueve amigos míos en el Señor”- le llena de gozo, a la vez que la tristeza les embarga a todos porque después de un año de espera, no podrán realizar su ansiado sueño. De ahí que se vean obligados a cambiar de rumbo y de objetivo, cumpliendo así la “cláusula papal” pronunciada en Montmarte. Así fue. En 1537 se ordena de sacerdote juntamente con sus compañeros y se dirigen a Roma para ponerse a disposición del Papa. En el camino, a pocos kilómetros de Roma, tiene lugar otra singular experiencia de Dios: “la visión de la Storta”, confirmación definitiva de la llamada al seguimiento crucificado del Señor. Él, que después de su ordenación sacerdotal y como preparación a la primera misa, que retrasó más de un año -¿querría celebrarla en Jerusalén?- había estado pidiendo insistentemente a la Virgen “le pusiera con su Hijo”, ve así confirmada dicha petición. A partir de aquí, y ya profundamente transformado por el largo peregrinaje exterior e interior, se dedicará a diseñar y plasmar la nueva orden religiosa que Dios le había ido poco a poco inspirando: La Compañía de Jesús. A fundarla, a ponerla en marcha, a escribir las Constituciones de la misma se entregará de cuerpo y alma en el período romano que va de 1539 al 1556, año de su muerte. ¡Roma fue su Jerusalén!