"Quien busca y encuentra el espíritu de Cristo en las buenas obras, aprovecha más solidamente que quien sólo lo busca en la oración”  
(Memorial 126)

Los primeros compañeros

“En 1534 tenía yo entonces 28 años, volví a París para terminar mis estudios de teología. Recibí los Ejercicios y me fueron concedidas todas las órdenes sagradas, aunque no me había llegado el título. Celebré la primera misa el día de Santa María Magdalena, abogada mía y de todos los pecadores y pecadoras. Aquí tengo que incluir los innumerables beneficios que me concedió el Señor al llamarme a tan alto grado. Y darle gracias porque en todo le busqué a Él solo, sin ninguna intención humana de conseguir honores o bienes temporales. Sin embargo, tiempo atrás, antes de afirmarme en el modo de vida que por medio de Ignacio me concedió el Señor, anduve siempre confuso y agitado de muchos vientos… De estos afectos me libró el Señor y me confirmó de tal manera con la consolación de su espíritu, que me decidí a ser sacerdote y dedicarme a su servicio… con todas las fuerzas de mi alma y cuerpo”
(Memorial, 14)

[Para saber más del Memorial de Fabro]



“Un día, dentro de la octava de la Visitación de la Virgen María, experimenté íntimos sentimientos y deseos de pedir a Dios Padre que, aun sin yo merecerlo, fuese Padre mío de manera especial. Que hiciese de mí un hijo obediente y lleno de agradecimiento. Al Hijo de Dios, Señor nuestro, le suplicaba se dignase ser mi Señor para que, con su gracia, pudiera yo servirle con toda reverencia. Pedía también al Espíritu santo que fuera mi maestro y me enseñase a ser su discípulo... Deseaba también que ella (María) me enseñase la verdadera manera de ser hijo, siervo y discípulo, siguiendo su ejemplo
(Memorial, 40)



“… Bendito sea Dios que tantos medios tiene para llevarnos, poco a poco, a un perfecto conocimiento de Él, a quienes no podemos ir más de prisa. Pero por cuántos miedos, tristezas, odios, hay que pasar antes a causa de estas realidades inferiores. En ninguna de ellas encontramos la paz, aunque sí pueden ser un medio para subir al amor de Dios y, entrados en él, gozar. Porque entrando el hombre en Dios, entra y sale y encuentra buenos pastos dentro y fuera. Cuando uno ha encontrado este nuevo camino que comienza en el amor de Dios, puede volver a su “propio país” de donde había venido por un camino duro y lleno de peligros, para alcanzar el más alto amor de Dios…. Cuando se ha entrado en el amor divino, se puede siempre crecer en él, penetrando cada vez más en Dios. Entonces se podrá descender mejor para ver al prójimo y escucharlo”
(Memorial, 66)