Para conocer la espiritualidad de Fabro hemos de adentrarnos en su Memorial o Recuerdos Espirituales. Es un escrito singular. Comenzó a escribirlo tarde, en Espira, en 1542.

Lo primero que hace es echar una mirada retrospectiva a lo que ha sido su vida hasta entonces. Da gracias por haber nacido en el seno de una familia cristiana con suficientes medios para poder dedicarle a los estudios. Nació en Villareto, diócesis de Ginebra, el 13 de abril de 1506, al pie de los Alpes de la Alta Saboya, en el valle del Gran Bornand. Sus padres fueron Luis Fabro y María Perisin, poseedores de un importante rebaño de ovejas. "Hacia los 10 años, dice él sentí deseos de estudiar. No podía ser pastor y quedarme en el mundo, como deseaban mis padres. Me harté de llorar, para que me concedieran ir a la escuela. A lo que accedieron contra sus propias intenciones". Aprendió a leer ya escribir en la escuela de Thones, a una legua de Villareto. Lo único que allí podían enseñarle. A la Roche, tres leguas de Villareto le envían a proseguir sus estudios con un buen enseñante, el sacerdote Velliardo. Con él estudió humanidades y retórica. Solamente iba a casa en las vacaciones de verano. "Salí de mi patria y me fui a París el año 1525. Tenía yo entonces 19 años". Ingresa en el Colegio de Santa Bárbara. Aquí conoció a un estudiante navarro, de su misma edad:
Francisco Javier. Ocuparon la misma habitación con el regente Juan de la Peña quien confiesa que cuando tenía alguna dificultad al citar a Aristóteles "no tenía a quien demandársela sino a Fabro que era buen griego".

Ignacio forma al espiritual

En septiembre de 1529 entra en Santa Bárbara Ignacio de Loyola. Quiere estudiar Artes. La Providencia quiso que le instalasen en la misma habitación de Fabro, Javier y Juan de la Peña. Ignacio pone lo recogido en Flandes entre los mercaderes españoles a disposición de aquella pequeña comunidad. Dice Fabro: "compartíamos la misma mesa y la misma bolsa. De la Peña pidió a Fabro que se encargase de repetir las lecciones a Ignacio, lo que contribuyó a que se estrechase la amistad entre ambos. "Me orientó, dice, en las cosas espirituales mostrándome la manera de crecer en el conocimiento de la voluntad divina y de mi propia voluntad". Ya no tuvo inconveniente de hablarle del mundo interior. Le atormentaban los escrúpulos por miedo de haber hecho mal algunas confesiones. "Me atormentaban tanto que, con gusto hubiera escogido irme al desierto, y alimentarme siempre de hierbas y de raíces de árboles". De escrúpulos entendía mucho Ignacio. En Manresa los había padecido con más virulencia que Fabro. Y por la misma razón: por temor de haberse confesado mal. Él también hubiera echado mano de cualquier remedio por verse libre de tales congojas: "Que aunque sea menester ir en pos de un perrillo para que me dé el remedio, yo lo haré". Le diría Ignacio que esos pensamientos le vienen de fuera. Por una parte "me viene un pensamiento de fuera que he pecado y, por otra parte, me parece que no he pecado ( ...este tal es propio escrúpulo y tentación, que el enemigo pone. Comienza a observar lo que pasa en su alma y efectivamente ve que escrúpulos y tentaciones le vienen de fuera. "sugeridas por el espíritu de fornicación al que no conocía entonces por experiencia espiritual sino por lo que había leído".

Ignacio le ve demasiado indeciso sobre su futuro "Unas veces queriendo casarme, otras ser médico o jurista, o regente. A veces me inclinaba por doctorarme en teología, o por hacerme clérigo sin grado o monje". Querría hacer los ejercicios, pero ha de esperar.

Le recomienda Ignacio hacer confesión general con el doctor Castro, confesarse y comulgar semanalmente. "dándome como ayuda el examen de conciencia. No quiso darme por entonces otros ejercicios, aunque el Señor me daba grandes deseo de ellos". Como está ya dispuesto a seguir la misma vida de Ignacio, decide ir a su tierra a despedirse de los suyos. De su padre, porque su madre ya había muerto. Vuelve a París en enero de 1534 para continuar la teología y "recibir los ejercicios". Unos meses más tarde, el 30 de mayo de 1534, es ordenado sacerdote, siendo el primer compañero en recibir las órdenes sagradas. Porque ya hay otros seguidores de la vida de Ignacio: Javier, los amigos Laínez y Salmerón, Simón Rodrigues, Nicolás de Bobadilla. Ha llegado el momento de un mayor compromiso. 

El 15 de agosto de 1534, festividad de nuestra Señora de la Asunción se encaminan hacia la Capilla de los Mártires, a las afueras de París. Fabro, el único sacerdote del grupo preside la Eucaristía. Al llegar el momento de la comunión, se vuelve Fabro con la sagrada Hostia hacia los compañeros arrodillados y cada uno va pronunciando el voto de dirigirse al Papa para que les autorice ir a Jerusalén. En el caso de no poder embarcarse en un año, o de no ser posible la permanencia en Tierra Santa, hacen voto de ponerse a las órdenes del Papa para que los envíe a donde puedan mejor servir a Dios y ayudar a las almas.
Estudian ahora teología. No pretenden la obtención de grados. Tendrían que permanecer varios años en París. Les importaba, eso sí, formarse bien en las ciencias sagradas para ejercer su sacerdocio con competencia y decoro.

Fabro "hermano mayor de todos"
Cuando Ignacio abandona París a fines de marzo de de 1535, camino de su tierra, para reponerse de su debilitada salud le deja Ignacio al frente del grupo. Como dice Laínez: "Dexándonos este orden, y al buen Maestro Pedro Fabro como hermano mayor de todos". Era el más indicado. Aceptado por todos como el mejor conocedor de Ignacio que decía que Fabro era el que mejor daba los ejercicios. Ahora va poder darlos a los sacerdotes Pascasio Broet, francés de Picardía, a Juan Coduri, francés de Provenza y al también saboyano Claudio Jayo. Los tres fueron "ganados para la Compañía". El 15 de noviembre salen para Venecia don de les espera Ignacio. Fabro señala escuetamente el recorrido. "Llegamos sanos y salvos y alegres en el espíritu (...) Atravesamos Lorena y Alemania donde ya muchas ciudades se habían hecho luteranas o Zwinglianas. Entre ellas, Basilea, Constanza etc. Fue un invierno especialmente frío. Francia y España estaban en guerra. De todos estos peligros nos libró amorosamente el Señor". Mejor Laínez en FontesNarrativi I, 106-108. El día 8 de enero de 1537 llegan a Venecia. Ignacio se alegra de que al grupo se hayan añadido tres "amigos en el Señor".

El santo le presenta al bachiller Hoces, de la diócesis de Málaga al que ha dado los ejercicios en Venecia y ha querido incorporarse al grupo. El 16 de marzo salen para Roma a solicitar la autorización del Papa para ir a Tierra Santo. Ignacio permanece en Venecia. No quiere encontrarse con el cardenal Carafa, a quien ha conocido en Venecia y no han podido entenderse. Tampoco quiere ver a Ortiz, embajador ahora ante la Santa Sede de Carlos V. Se había enojado mucho con Ignacio por haber dado los ejercicios en París al bachiller Peralta, Hasta le denunció al Inquisidor. También pedirán poder recibir las sagradas órdenes los que no son sacerdotes. Ortiz ha cambiado y, los recibe con cariño y los presenta al Papa. Pablo In los invitó a comer. Quería oírlos disputar en su presencia sobre algunos puntos de teología. Les concedió lo que pedían. Vuelven a Venecia. No zarpa ninguna nave para Palestina en junio. El obispo de Arbe ordenó a los no sacerdotes en la capilla de su casa. Menos a Salmerón por no haber cumplido los 23 años.

El memorial de Fabro

Volvamos a su diario o memorial. Escribe su diario porque quiere recordar las gracias que le ha concedido o le va concediendo el Señor, "Gracias que me ayuden a orar o contemplar mejor o gracias para entender y para obrar o de cualquier otro beneficio espiritual. Principalmente se incluyen aquí, dice, abundantes gracias para sentir y conocer los diversos espíritus. De día en día llegaba a distinguirlos mejor.
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