Textos de interés

  • Decreto sobre el ministerio parroquial C.G.XXXIV

"El Ministerio parroquial" 

Presentación

Por primera vez en la historia de la Compañia de Jesús, la Congregación General XXXIV dedicó un decreto al trabajo parroquial. San Ignacio, en las Constituciones, recomendaba a los jesuitas no embarazarse con obligaciones institucionales y habituales ligadas a la territorialidad diocesana. Pues, conforme a su vocación, la Compañía "debe ser, cuanto es posible, desembarazada para las misiones de la Sede Apostólica" (Const. [374]) y las tareas apostólicas que en cada momento se estimaran de mayor urgencia o trascendencia. Lo que hacía preciso que "las personas de la Compañía deben estar cada hora preparadas para discurrir por unas partes y otras del mundo" (Const. [588]).
San Ignacio penitente

Esta tradición y su finalidad persisten hasta el Vaticano II, que exhortó a los religiosos a "secundar pronta y fielmente los deseos de los Obispos para recibir cometidos más amplios", "dispuestos según sus posibilidades, a recibir encomiendas de Parroquias". En consecuencia, la CG 31 (1961) declaró que no debía ya considerarse que la atención parroquial a los fieles fuera contraria a nuestras Constituciones.

Al reunirse la CG 34 (1995), se contaban alrededor de 3.200 jesuitas trabajando en 2.000 parroquias del mundo entero. Por tanto, se estimó que por primera vez esta Congregación debía consagrar a ellos y a sus tareas un breve decreto.

1. Se declara que, en circunstancias determinadas, el ministerio parroquial "constituye un apostolado muy apto para realizar nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia" y "ofrece un contexto que favorece la vida y solidaridad con los pobres".

2. La parroquia servida por jesuitas comparte de corazón los plantes de pastoral de las diócesis y "las prioridades apostólicas de la Compañía" y "nuestro modo de proceder".

3. Como comundidad evangelizada y evangelizadora, la parroquia servida por jesuitas se caracteriza por su "compromiso con la justicia y la reconciliación". Fomenta el conocimiento y praxis de los Ejercicios Espirituales y la capacidad de discernimiento espiritual, tanto personal como comunitario. Cultiva la apertura al diálogo ecuménico e interrreligioso. Trata de llegar a los cristianos alejados y a los no creyentes. Promueve las condiciones para la participación y el liderazgo laicales. Difunde una cultura de la solidaridad que debe trascender los límites de la parroquia.

4. El decreto se ocupa, finalmente, de las cualidades y el estido de trabajo que deben caracterizar a los jesuitas a los que la Compañía encomiendo este ministerio.

El ministerio parroquial hoy

1. Lugar de "servicio a la fe y promoción de la justicia". Unos 3.200 jesuitas trabajan actualmente en 2.000 parroquias desparramadas por todo el mundo. Al mismo tiempo que reconocimeos el importante servicio eclesial que representa esta inversión de personal, no sólo afirmamos que "el apostolado parroquial no ese contrario a nuestras constituciones"(1), sino que afirmamos además que , en ciertas circunstancias, constituye un apostolado muy apto para realizar nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia.

2. Más aún, la parroquia ofrece un contexto que favorece la vida y solidaridad con los pobres.

Objetivos y características de una parroquia jesuítica

3. Condiciones a cumplir. Una parroquia es jesuítica si, dentro de su compromiso con los objetivos y orientaciones de la Iglesia local, "comparte las prioridades apostólicas de la Compañía"(2) y el proyecto apostólico de la Provincia, conforme a "nuestro modo de proceder"(3). Es central en su vida que la parroquia se reúna como comunidad para celebrar sus alegrías, luchas y esperanzas en la Eucaristía, la Palabra y los demás sacramentos, todo ello de forma bien planificada, creativa e inculturada. Deba hacerse una comunidad evangelizada y evangelizadora, comprometida con "la justicia y la reconciliación"(4), y procurar que las devociones populares respondan a las necesidades contemporáneas.

4. Parroquia jesuítica y espiritualidad ignaciana. La parroquia jesuítica recibe energía de la espiritualidad ignaciana, especialmente por medio de los Ejercicios Espirituales y el discernimiento individual y comunitario. Procura organizar programas de catequesis y formación personales y familliares bien elaborados, y facilita oportunidades para la dirección espiritual y el asesoramiento pastoral. El modelo de elección de los Ejercicios Espirituales ayuda a discernir la propia vocación personal.

5. Abierta al diálogo ecuménico e interreligioso. La parroquia se abre progresivamente al diálogo ecuménico e interreligioso y trata de llegar a los cristianos alejados y a los no creyentes. Se va haciendo una iglesia participativa empleando medios como las comunidades humanas y eclesiales de base, y promueve oportunidades para la participación y el liderazgo laicales.

6. Promueve una "cultura de la solidaridad". En su servicio de la fe, la paroquia jesuítica está llamada a desarrollar estrategias para prmover la justicia local y global, tanto por medio de la conversión personal como del cambio estructural. Asociándose con otras obras apostólicas de la Compañía y organizaciones eclesiales y civiles, impugna todas las formas de discriminación y aporta una auténtica cultura de solidaridad que transciende los límites parroquiales.

El jesuita de parroquia

7. Cualidades del jesuita enviado a parroquias. El jesuita es enviado a una parroquia, sea o no de la Compañía, para hacer una aportación relevante a la vida de ésta. Debería ser escogido por la espiritualidad que vive y por su competencia pastoral. Debe tener la capacidad de relacionarse positivamente con grupos de diversas edades y de trabajar en equipo con el laicado y los otros miembros del personal parroquial.

8. En contacto con otros jesuitas y agentes pastorales no jesuitas. Los jesuitas ocupados en parroquias deberán estar en contacto permanente con otros jesuitas, párrocos diocesanos y religiosos que trabajan en la zona. Deberías dedicar tiempo a la reflexión colectiva y a la acción común.

9. Dimensiones de su formación. Para ser párroco, el jesuita deberá estar adiestrado en homilética, liturgia, catequesis, anállisis sociocultural, comunicaciones sociales y gestión de situaciones conflictivas. Tampoco le deberán faltar oportunidades de contacto con parroquias modelo y centros de formación pastoral para su formación permanente. También se recomiendan experimentos apostólicos en parroquias desde el comienzo de nuestra formación.

Actualización de las normas

10. Encargamos al Padre General que evalúe y actualice las normas existentes para aceptar y dejar parroquias(5) y que comunique los resultados de este an´lisis a toda la Compañía. Dada la gran variedad de tipos de parroquia en el mundo, los Provinciales tendrán que adaptar estas normas a su situación local.

Compañía de Jesús Congregación general 34 (1995)

(Decreto 19)

CG 31, d. 27,10.
(2) KOLVENVACH, PETER-HANS: Creatividad en el ministerio pastoral. A los párrocos jesuitas de Asia Meridional (JEPASA), 1993
ARRUPE, PEDRO: Apostolado Parroquial, AR 17 (1979) 896-902
Cf. CG 32, d. 4,17s.
Cf.CG 31, d. 27,10.

DEL P. GENERAL A LOS JESUITAS EN EL APOSTOLADO PARROQUIAL.
Comentario en Taiwán del Padre General (1997)

Más de 3.000 jesuitas trabajan a tiempo completo en unas 2.000 parroquias. Cabe preguntarse: ¿Hemos sido fieles a San Ignacio? Hablando a los jesuitas reunidos en Pune, el Padre General traza la historia, y el cambio, de la actitud de la Compañía con respecto al apostolado parroquial. Parte de discurso sigue:

El interés de los jesuitas en el ministerio parroquial como sabéis muy bien, tiene un origen reciente. Por primera vez en nuestra historia la Congregación General 34 reconoció la importancia que tiene para la Iglesia y para el Reino de Dios el servicio parroquial. El Decreto sobre el ministerio parroquial declara explícitamente que se trata de un medio apropiado para llevar a cabo «nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia». La misión que se nos ha encomendado es la Misión de Dios que trabaja en el mundo. Como explica CG, esta misión integral tiene tres dimensiones esenciales que se integran en una unidad: trabajar por la justicia, transformar la cultura y entablar el diálogo interreligioso. En la pastoral, como en cualquier otro sector, tenemos que actuar de tal modo que estas tres dimensiones de la única misión evangelizadora reciba su debida atención. Esto, creo yo, constituye la amplia perspectiva dentro de la cual la búsqueda del MAGIS en la pastoral nos llevará a tomar decisiones y opciones concretas.

En nombre de la Compañía querría ahora dar testimonio público de aprecio y gratitud a los delegados de Asia Meridional de la CG 34. Sin su dinamismos y determinación el decreto sobre el ministerio parroquial no hubiera conocido la luz pública. . .

Con valentía debemos preguntarnos por qué han hecho falta cuatro siglos para aceptar el apostolado parroquial. Siempre es útil aprender de la historia, pero lo más importante en este caso es averiguar si la repugnancia histórica de la Compañía para aceptar el trabajo parroquial continúa hoy entre nosotros. Queda aún alguna reticencia en nuestro modo de proceder?

Ignacio no quiso que los jesuitas fueran párrocos. Al Padre Nadal le gustaba explicitar esta decisión comparando el ministerio aportólico de Pablo con el de Pedro. A su partecer, Pedro tenía que reforzar en la fe a sus hermanos y hermanas. Su responsabilidad se dirigía, principalmente, a la estructura institucional de la Iglesia que comprende el ministerio del Vicario de Cristo y sus colaboradores, los obispos y los pastores de las iglesias locales. Por eso los jesuitas deben permanecer libres y dispuestos para viajar a cualquier parte del mundo y vivir donde haya una esperanza de un mayor servicio de Dios. y ayuda a los prójimos. Esta vocación, por tanto, implica que los jesuitas deben evitar la participación en la misión apostólica de Pedro y su visión eclesiológica. Para Ignacio esta consecuencia del llamamiento de Dios era de tal importancia que se convirtió en linea divisoria a la hora de elegir los ministerios.

Como sabéis, en materia de los ministerios que la Compañía puede y debe aceptar, las Constituciones dan un margen tan amplio que pudiera pensarse que incluye cualquier actividad apostólica. De hecho Ignacio compuso una lista al fin de la cual añadió «y otros», para indicar claramente que la lista no agotaba las posibilidades de futuras empresas apostólicas. Sin embargo. cuando se trata del ministerio parroquial las Constituciones, explícita y firmemente, declaran que los jesuitas no deben aceptar ningún beneficio asociado con «el cuidado de las almas» «cura animarum» en el sentido canónigo de la expresión. Las parroquias pertenecen a Pedro mientras que nosotros debemos imitar a Pablo. Nadal hace hincapié en tres razones como base de esta decisión:
1) Las condiciones de vida: el dinero, la casa y la propiedad que forman parte de la parroquia están en contradicción con el voto de pobreza.
2) El destino de por vida que reciben los párrocos restringe la movilidad y disponibilidad que, aún hoy día, son tan importantes en nuestra espiritualidad apostólica.
3) El ministerio parroquial (al menos en tiempos de Nadal) era un servicio a los que ya tenían un párroco que cuidaba de ellos.

La CG 34, por su parte, declara que «el jesuita procura dirigir su actividad sacerdotal hacia los que no alcanza fácilmente el misniterio ordinario de la Iglesia» (n. 175), a los que tienen mayor necesidad y a los que carecen de quien se cuida de ellos. Igualmente, la CG 34 advierte que «todo jesuita ha de mantenerse disponible al cambio si los superiores se lo piden en servicio del Evangelio» (n. 190). Estar enteramente al servicio de los más necesitados quiere decir que los jesuitas deberían ayudar a los que no conocen a Cristo o a los que no lo conocen bien. . .

La Compañía necesitó de un largo tiempo para entender esto (el cambio radical en las condiciones apostólicas del apostolado parroquial). En 1.950, por última vez, la Compañía habló en términos radicales contra el apostolado parroquial. Dirigiéndose a la Congregación de Procuradores el 30 de Septiembre, el P. B. Janssens declaró taxativamente que la Compañía de Jesús no había sido fundada para encargarse de parroquias sino más bien para empeñarse en otros ministerios que requieren una atención apostólica espe-cial sin la que la Iglesia no puede cumplir su misión (AR XI, 873). El P. Janssens añade que no le es posible permitir a los jesuitas encargarse de las parroquias. De este modo él permaneció fiel a San Ignacio que insistía en la disponibilidad para cualquier misión. Un compromiso de por vida en una parroquia estaría en clara oposición con «nuestro modo de proceder».

El 14 de Noviembre de 1.966, la CG 31 declaró que, en principio, el ministerio parroquial no era incompatible con nuestras constituciones porque el Concilio Vaticano había cambiado la gestión de las parroquias, y los párrocos tenían mayor movilidad. Sin embargo el decreto no invita al apostolado parroquial (488-490), y estipula que el General necesita razones muy fuertes para aceptar una parroquia. Los provinciales no pueden tomar decisiones en este punto. El ideal de nuestra actividad pastoral siguen siendo «las residencias» (478-487). A esta declaración siguió un largo silencio. La CG 32 no concede un puesto privilegiado a las parroquias para la promoción de la justicia. Se hace mención de las parroquias en el contexto de nuestros ministerios (4/125).

A pesar de todo, el número de las parroquias a nuestro cargo seguía creciendo y en 1.978 seis Asisten-cias pidieron directrices. El 8 de Diciembre de 1.979, el Padre Arrupe publicó directrices con respecto al ministerio parroquial, y así abrió la puerta aunque no del todo. El General continuaba necesitando razones muy sólidas para aceptar las parroquias; la mera petición por parte de un obispo no era suficiente. El Padre Arrupe da más importancia en esas directrices a otros ministerios de la Compañía, y establece que en caso de aceptar una parroquia, la actividad en ella tenía que formar parte de la visión y plan apostólico de la provincia (AR XVII, 891). A pesar de esta reserva, el Padre Arrupe recalca que una vez aceptada una parro-quia debe asignarse a ella, en la medida de lo posible, las personas mejores y más apropiadas, celosos en el apostolado, imaginativos en el trabajo, capaces de mantener relaciones humanas cordiales, y con habilidad administrativa. El Padre Arrupe no podía imaginarse una parroquia que se limitara a ser un sitio donde se administran los sacramentos a un número exiguo de cristianos practicantes. Más bien tendría que ser un centro donde se proclame la Palabra de Dios de tal modo que invite a profundizarla; un sitio de encuentro para todos los que viven en una determinada área geográfica, con un interés especial por los pobres e incrédulos. En la parroquia debería predominar un sentido de apertura a los problemas sociales, económi-cos y culturales.

Este cambio - un cambio real - en la actitud de la Compañía cpm respecto al ministerio parroquial (AR XVII, 890) hizo que algunos provinciales aceptaran demasiado fácilmente algunas parroquias. Esto provocó una nueva intervención por parte del Padre Arrupe el 26 de Marzo de 1.981, en la que insiste en la salvaguardia de la movilidad, y la necesidad de ofrecer a las iglesias locales un ministerio parroquial distintamente jesuita. (AR XVIII, 701). La CG 33, también, intentó adoptar una postura oficial con respecto a las parroquias. Pero los delegados no lo aprobaron.
Más tarde, el 20 de Septiembre de 1.990, la Congregación de Provinciales se encontró con más de 1.900 parroquias en las que trabajaban a tiempo completo más de 3.200 jesuitas. Para preparar las delibera-ciones de esta congregación, el P. Juan Ochagavía había hecho un estudio global con el fin de presentar las características de una auténtica parroquia jesuita. Es decir, una parroquia que participa de las prioridades apostólicas de la Compañía. En general, la Congregación permaneció reacia a reconocer el ministerio parroquial como válido en sí mismo y no meramente como un mal necesario (AR XX, 458-460).

El Sínodo de Obispos trató de la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo. En la carta posinodal del 25 de Marzo de 1.996, Juan Pablo II nos recuerda que la identidad de cada congregación está íntimamente ligada a una espiritualidad y un apostolado particular. Por esta razón la Iglesia quiere que cada congregación crezca y se desarrolle conforme al espíritu de su fundador, en un proceso dinámico de fidelidad creativa. Por tanto, a todas las congregaciones se les reconoce el derecho a una autonomía que le permite seguir su propio carisma y conservar intacto su patrimonio apostólico. . . En el espíritu de esta perspectiva papal, la CG 34 votó en Enero de 1.995 el decreto sobre el ministerio parroquial. El decreto subraya que la parroquia debe empeñarse en los planes pastorales de la iglesia local. . . Entonces, ?hemos sido fieles a Ignacio? Este reciente entusiasmo por el apostolado parroquial ?nos habrá desviado de nuestro espíritu original? La respuesta es negativa a ambas preguntas. A Ignacio y sus primeros compañeros les gustaba encontrar a la gente en la calle donde, en su tiempo, transcurría la vida ciudadana. En la actualidad muchos católicos reciben de la parroquia su primera y definitiva impresión de la Iglesia. Como ha escrito un jesuita: allí (en la parroquia) se realiza la incorporación al Cuerpo de Cristo; allí se celebran los dramas de la vida ordinaria; matrimonio, muerte, resurrección; allí se ventilan las luchas, los fracasos; y allí se encuentra la reconciliación. Esto no ocurre en todas las partes del mundo y, cuando ocurre, ocurre con matices distintos según la cultura y las circunstancias. Pero no puede ponerse en tela de juicio el hecho fundamental: la posibilidad que ofrece la parroquia para encontrarse con la gente ordinaria. Por tanto, al hacer del ministerio parroquial una de las posibles opciones apostólicas de la Compañía, ciertamente permanecemos fieles a Ignacio.

Tal vez sea en el emplazamiento de las parroquias donde no siempre nuestra fidelidad a Ignacio haya aparecido. Ignacio prefería las grandes ciudades y se inclinaba por los centros urbanos donde se daban cita la densidad de población, la cultura y el comercio. En las ciudades tenía lugar la transformación de la comunidad humana, y Maestro Ignacio quería que los jesuitas estuvieran presentes a ella (CG 34, 110). Las parroquias urbanas son ciertamente difíciles, como es bien sabido, pero por eso mismo deberíamos intere-sarnos en ellas. Lo cual no quiere decir que el trabajo rural sea siempre fácil. Las provincias deberían examinarse para ver si se encaran debidamente con las dificultades del trabajo apostólico en las ciudades...

Admitamos honradamente que la identidad sacerdotal de los compañeros de Jesús no era un problema para Ignacio y sus amigos en el Señor. Ni siquiera aparece en la famosa deliberación de 1.539. Ignacio predicó, catequizó y ejerció la dirección espiritual en su capacidad de cristiano seglar. Basta abrir el libro de los Ejercicios para constatar cómo fomenta los sacramentos de la comunión y reconciliación, y cómo, por otra parte, calla sobre el sacerdocio en el momento de la elección. La distinción entre «sacerdote» y «presbítero» es ajena a Ignacio. La elección es entre la vida religiosa y la vida en el mundo. . . El aspecto sacerdotal aparece principalmente en el contexto de ayudar a la gente a encontrarse con Cristo. En las dis-cusiones con otras familias religiosas de su tiempo, Ignacio deja muy claro que sus compañeros no se hacen religiosos para ser mejores sacerdotes, sino que se hacen sacerdotes para ser mejores apóstoles. No es el deseo de ser más plenamente sacerdotes lo que motiva a sus compañeros a entrar en la vida religiosa. Más bien es el deseo de ser plenamente apóstoles lo que les empuja a abrazar el ministerio sacerdotal en un cuerpo apostólico. . .

Por otra parte, la reticencia a fomentar decididamente el apostolado parroquial nace con frecuencia entre nosotros del deseo de diferenciarnos del clero diocesano. No pocas veces se hace la distinción entre el hombre del culto y el ministro de la Palabra; entre el funcionario eclesiástico y el sacerdote-profeta. Seamos realistas. Una parroquia es una parroquia. Un sacerdote es un sacerdote. Un Hermano es un Hermano. A ciertos niveles todos realizan un apostolado prácticamente idéntico.
Vivamos nuestro sacerdocio en el espíritu del sacerdocio eclesial que es patrimonio común; hombro con hombro sin querer ser más inteligentes, más poderosos o gozar más privilegios. Vivamos la espirituali-dad apostólica de la Compañía y veamos la vocación y la misión que hemos recibido del Espíritu como un don y un servicio a la Iglesia y al Pueblo de Dios.